Prólogo del nuevo libro de Yolande “EL PODER DEL SILENCIO” escrito por Javier Melloni

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Sobre Javier Melloni

Javier Melloni (Barcelona, 1962) es antropólogo, teólogo y fenomenólogo de la religión. Varias inmersiones en la India le han permitido poner en contacto elementos de la mística hindú con la mística cristiana. Jesuita y estudioso de los Ejercicios Espirituales, tiene al mismo tiempo un amplio conocimiento de los textos de las diversas religiones. En su tarea como acompañante espiritual integra elementos de diversas tradiciones.

Prólogo

 

Hay experiencias que pasan, otras que nos pasan y otras que nos traspasan. Yolande, sin buscarlo ni esperarlo, fue traspasada el día en que cumplía cuarenta años por una ráfaga de Silencio que la ha dejado en Silencio desde entonces. ¿De qué silencio se trata esta experiencia que deja en Silencio? Para responder a esta pregunta tenemos el libro, que mana de ese estado en el que Yolande ha quedado.

De este Silencio-Presencia han hablado todas las tradiciones espirituales y es al que tienden todas ellas. Pero hay algo que está sucediendo cada vez más frecuentemente. Tal vez sea el don que se le hace a nuestro tiempo y que todavía no sabemos identificar. Lo que antes advenía como resultado de un largo proceso de ascesis, irrumpe de pronto. Tal vez haya sucedido siempre pero no se sabía reconocer o adquiría el contorno religioso del momento. Hoy, las fronteras entre lo religioso, lo espiritual, lo místico, lo trascendente o lo interior son más difíciles de trazar, a la vez que disponemos de diferentes marcos interpretativos para explicarlo. Podemos decir que lo que vive Yolande se incluye entre lo que hoy se identifica como experiencias no-duales y a ella la podríamos situar entre los autores neo-advaitas contemporáneos.

¿Cuáles son las características de esta experiencia que acaba por constituirse en un estado de consciencia permanente?

En primer lugar, se trata de algo que irrumpe, no se construye. Está más allá de uno mismo y al mismo tiempo toma el contorno de quien lo recibe, desbordándolo. Así lo expresó hace siete siglos otra mujer, Marguerite Porete: “Por ti, en ti, pero sin ti”. Es decir, se trata de un a través. Se trata de una experiencia que descentra y centra a la vez.

Perdura en el tiempo. Algo se abre y deja para siempre una cesura, una apertura que no volverá a cerrarse ya más.

Desde esta apertura, se ve todo de un modo nuevo, con una capacidad de atención por todo así como de aceptación de todo.

Quien la recibe deja de ser el punto de referencia a partir de ese momento y se convierte solo en testigo de ese Silencio que subyace a todo cuanto acontece.

Lleva a una simplicidad de vida, desprendimiento de cosas y de la propia imagen, libre de la fama y del dinero.

Paradójicamente, lo que parece ser una experiencia de despersonalización se convierte en una experiencia de suprapersonalización, en el sentido que la persona que es depositaria de ella alcanza lo mejor de sí misma al ser desprendida de sí misma.

Veamos algunos atisbos de cómo Yolande lo expresa:

Soy energía pura, Silencio, y a la vez soy el punto de luz que ilumina el movimiento. No percibo a través de mis sentidos, soy percepción. No miro a través de mis ojos, soy mirada. Soy el testigo, la luz que da vida a los nombres y las formas, pero estoy más allá del ver y del atestiguar.

Ese yo que habla no es el yo de Yolande. Es lo que queda cuando el yo social y el yo individual se han retirado. Ella misma habla de dos retracciones o desconexiones que hay que aprender a hacer: la desidentificación con el “yo soy tal o cual” (nombres, apellidos, personalidad, etc.) tras lo cual queda un mero “yo soy”; pero este también se ha de desconectar porque en ese “yo soy” hay todavía una identidad separada. Entonces se da la participación en lo que se puede llamar de muchos modos y de ninguno. Yolande lo llama a veces la Conciencia Global, que es otro modo de referirse a este Silencio o Presencia. En la tradición advaita de Ramana Maharshi o de Nisargadatta se trata del paso del “yo soy” al “Yo Soy”. El Yo con mayúsculas es la conciencia total de la que el yo individual tan solo es una ínfima parte.

Tanto con los ojos abiertos como cerrados, no puedo olvidar que soy evidencia absoluta, que todo está en mí, el cielo, las estrellas, el universo entero. Cuando estás anclado en el Silencio puedes ver el movimiento, pero es el punto de vista del Silencio el que rige los demás. Una vez has visto lo que eres verdaderamente, no puedes olvidarlo: mi cuerpo y el mundo están en mí, no yo en ellos.

Lo que en la filosofía occidental se llega a captar o a formular como fruto de una alta especulación, aquí brota de forma espontánea, diáfana e incondicional. Ahora bien, experiencias repentinas como la de Yolande fascinan y perturban a la vez. ¿Por qué no les llega a quienes llevan toda una vida meditando mientras que a otras les alcanzan de repente? Esta es la explicación que da ella misma:

Quizá la experiencia del despertar se ha dado en mí porque yo no era una persona complicada. Nunca me había hecho una pregunta de cómo tenía que ser el despertar, ni siquiera sabía que existía esta posibilidad.

Otra de las cuestiones que emergen es la pregunta por el método. ¿Cuál es la práctica que nos puede llevar a tal estado? Como a Yolande se le dio sin método alguno, no puede dar ningún método, al igual que sucede con todos los autores neo-advaitas, menos con Eckhart Tolle. Todo lo que dice es que su enseñanza es la expresión de su propia experiencia. “Mi método es LA VIDA o LA VIDA es mi método”. Y añade:

Se trata de dejarse llevar por LA VIDA, no por “mi vida”. LA VIDA tiene un poder increíble, tiene el poder de la existencia. La confianza en LA VIDA es ver claro tu impotencia como persona, para dejar que el poder del Silencio se manifieste. La confianza es una aceptación sin palabras que crece en nosotros cada vez que dejamos que LA VIDA cuide de LA VIDA.

Pero todavía podríamos más insidiosos o exigentes y preguntarnos: ¿Cómo sabemos que una experiencia así es verdadera? ¿Cuál es su consistencia? Si el método es la Vida, los criterios de discernimiento para evaluar tal experiencia los hemos de encontrar en la misma vida. En esto coinciden todas de las tradiciones religiosas, para las cuales el único modo de validar la calidad y cualidad de una experiencia espiritual es los frutos que deja. Recurro a ellas porque lo más nuevo es, al mismo tiempo, lo más antiguo. Y necesitamos nutrirnos tanto de uno como de lo otro. En términos budistas, debe llevar a la sabiduría y a la compasión, y cuanto más se avanza, se manifiesta en las seis paramitas (grandes virtudes): generosidad; honestidad, paciencia, energía, concentración y consciencia plena; en términos hindús, se manifiesta en la imperturbabilidad, la capacidad de perdonar, el autodominio, la honestidad, la pureza (limpieza), el control de los sentidos, el discernimiento, la sabiduría, la veracidad y la usencia de ira (Manusmriti,VI,92); en términos cristianos, los frutos del Espíritu: gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y control de uno mismo (Gal 5,22-23); en términos sufís, comporta la fanâ, la extinción del yo, la fortaleza y la pobreza.

Pues bien, mucho de todo ello emana de Yolande. Basta con estar un poco a su lado para percibirlo. Dolors Martorell, coautora del presente libro, expresa muy bien en su prólogo lo que sucede junto a ella: se expande el silencio, lo contagia. También dice: “Sus palabras son inalcanzables, comprenderlas con la mente es como querer embeber el agua del océano con un pañuelo”. No es con la mente que puede ser leído este libro sino con otro órgano que es capaz de una captación mayor: el corazón. El corazón entendido como lo conciben todas las tradiciones espirituales: como la apertura que desde nuestro yo individual se abre a la Presencia total o a la Consciencia global. Nombrémoslo como lo nombremos, las palabras de Yolande transmiten ecos de esa Profundidad, de ese Silencio que tiene la capacidad de transformar.

Acercarse a esta lectura -como a sus dos libros anteriores- es disponerse a dejarse tocar por unos destellos de Silencio-Presencia por los que Yolande ha sido tomada. Los ofrece con la sencillez de quien se sabe depositaria de un don que no le pertenece sino al que ella pertenece y que desea compartir con la convicción de que es el destino de todos.