Entrevista a Christian Bobin – Revista Dar Lugar

Entrevista a Christian Bobin – Revista Dar Lugar

“Si somos demasiado rápidos, la vida huye, se echa para atrás.”

Por Cristina Rodés (texto y fotos)

A pesar de ser un escritor tan conocido no había oído hablar de Christian Bobin hasta antes de Navidad del 2014, cuando una amiga me habló de un librito, La presencia pura, donde Bobin reflejaba a través de breves notas, siempre poéticas, lo que su corazón observaba durante el tiempo que acompañó a su padre enfermo de Alzheimer. Y leí esto:” Hay islas de luz en pleno día. Islas puras, frescas, silenciosas. Inmediatas. Sólo el amor sabe encontrarlas”. Me pareció dicho de forma tan bonita, que a la par salí a su encuentro. Fue todo muy rápido, menos el viaje en coche hasta su casa, a unas dos horas de Lyon, que se convirtió en un viaje largo, incluso a momentos parecía inalcanzable.

Me habían dicho que era un solitario, que no tenía internet, ni web, ni modo de localizarlo. Aun así, me puse a escribir a este honorabílisimo desconocido a través de su editorial, como si lo conociera de toda la vida. De hecho eso es lo que sentí cuando leí su libro, que era alguien muy cercano, sencillo, que aunque se expresara como un finísimo y profundo poeta, hablaba mi mismo lenguaje.

Al cabo de unos días recibimos una respuesta afirmativa y le llamé por teléfono. Varias veces. Nadie cogía. Oía sonar el teléfono en su casa, imaginaba el vacío de un pasillo en una casa vacía, resonando. Y de pronto un día respondió él mismo. Y reconozco que fui atrevida o más bien se me olvidó por completo quién representaba que era él. Así que sobre su proposición de hacer una entrevista por correo, puse con entusiasmo, sincero y natural, mi propuesta de vernos en su casa: “¿Pero va a venir hasta aquí?” Pues sí, en coche, feliz de conocerle. Voy y vuelvo.

Salimos en coche de Barcelona y según entrábamos en Francia el tiempo se volvía europeo: empezó a llover bajo un cielo plomizo y con un frío del que me había olvidado completamente. La gruesa lluvia se volvió nieve y los copos, aunque envueltos de su silencio, parecían catapultarse contra la ventana del vehículo. Era bello pasar del gris al blanco. El tráfico se ralentizó hasta detenerse y cuando volvía a circular, lo hacía a trompicones. Al principio la nevada me emborrachó con su pasar, unificándolo todo. Al rato me puse a hacer cálculos, cuando todavía esperaba llegar. De tres carriles, solo uno circulaba y las previsiones eran para quedarse bien quietos. Aun así, seguimos a la mañana siguiente. Fuimos solas por una autopista limpia y en toda su blancura y llegamos al pueblo de Bobin. Sin una dirección precisa (vive en un bosque no lejos de Saint Fermin), dimos varias vueltas creyendo poder llegar sin ayuda, con una mezcla de empeño y total desconfianza. Al final le llamé y nos encontramos en la iglesia. Nos condujo hasta su casa de cuento plantada en un claro al final de un camino de bosque. Humea la chimenea de esta casona sencilla de piedra que refleja la preciosa pátina de quien ha vivido mucho y con contraventanas de azul claro que la hacen feliz. Christian nos recibe en una cocina abierta, un espacio amplio y acogedor sin pretenderlo, con ese aire casero de antaño, con justo los muebles necesarios, cálidos sin buscar el confort, aunque éste se encuentra perfectamente asentado en el sabor que destila el ambiente de todo lo que se debe cocer en esta cocina hecha para vivir y compartir acerca de la vida.

Christian tiene una voz que se hace oír, y solo puede ser, me digo, porque escucha con total dedicación. No va a decirnos nada que no salga de ese espacio pausado del que escucha totalmente y que tampoco responde hasta que sean las propias palabras quienes lo hagan, avanzando desde el silencio.

Entre los momentos más bellos de su vida están los que ha pasado mirando el cielo a través de una ventana. Una mirada que se maravilla de lo que ve. Sin esfuerzo entra en las cosas más ordinarias y pequeñas de su entorno, con una mirada neutra, calladamente apasionada y libre de obstáculos, ya que según él no hay que ir a ningún lugar o tener que hacer algo especial para ver. No ama exclusivamente la contemplación; sin embargo, ama el movimiento de la vida. Christian se mueve natural como si estuviera a solas y casi perezosamente como los gatos que encontré a pie de su puerta, al llegar.

Escucha tan atentamente como su mirada puesta sobre mí, sin titubeos, y no responde sin dejar antes un espacio, dejando que las palabras vayan avanzando desde el silencio (desde dentro de si mismo). Y habla con la misma riqueza y sinceridad con la que escribe.

Lo que  verdaderamente me interesa de esta conversación es saber de tu mirada y más concretamente de esa mirada tuya volcada sobre tu padre y su mundo cuando enfermó de Alzheimer. Observo que cuando llega la enfermedad (especialmente enfermedades fuertes como el Alzheimer), la etiqueta que ésta representa es tan poderosa que quedamos atrapados en ella. ¿Cómo podríamos hacer que estas circunstancias, a menudo largas y difíciles, se volvieran experiencias de vida, como por ejemplo ocurrió contigo?

Preferiría hablar primero de mi amiga Lydie Dattas, que es una grandísima escritora. Hablaba con ella de la dureza con la que se denomina a esta enfermedad: Alzheimer. Es un nombre alemán; extrañamente algunos sabios han dado su nombre a las enfermedades y ella me decía precisamente que las cosas cambiarían un poco si llamáramos a esta enfermedad con otro nombre. Y a ella le pasó por la cabeza algo que me parece genial: “la enfermedad de las estrellas ardientes”.

Nombrar puede se de enorme ayuda o puede enterrarnos. Todo depende: si nombramos de modo justo, se iniciará una labor beneficiosa, bondadosa y haciéndolo de forma poética me parece que se nombra de forma justa. Creo que la sustancia de la vida, la sustancia de nuestros días, es profundamente un flujo de imágenes intercambiándose unas con otras. Nada es inmóvil; todo circula y se intercambia y ese es el principio mismo de la poesía.

¿Qué sería la poesía?

Al menos tal como yo la concibo, la poesía es ver una cosa; y viéndola, de inmediato la misma visión te lleva a otra cosa que aclara la primera. Te voy a dar un ejemplo muy simple: miras una nube y ésta tiene la forma de un libro y si hablas de esa nube como de un libro en el cielo, ya habrás ganado algo; estás muy cerca de lo real. Contrariamente a todo lo que se nos dice sobre la poesía, que es percibida normalmente como un campo borroso, vago, sentimental (en el mal sentido) y en el fondo inútil. Pero yo pienso que nada es más útil que esta precisión última del lenguaje y que este cuidado en dar a cada uno su capilla dentro del lenguaje. A las personas afectadas por esta enfermedad llamada Alzheimer las he visto como aturdidas por una gloria que hubieran recibido, aunque evidentemente no la querían, pues no se puede querer porque es verdad que es una enfermedad, un sufrimiento también. Pero me estoy refiriendo a la gloria porque la enfermedad te saca del mundo y, en este sentido, es una dicha estar fuera del mundo. Los niños lo están de manera natural y las personas que sufren, a pesar de ellas, también lo están. No quiero hacer con esto una apología del dolor; es evidente que todos intentamos evitar el dolor y es normal y justo que sea así, pero cuando la enfermedad se presenta, constatamos que ocurre algo diferente. Podemos ver que el tejido de nuestros días se ha desgarrado, lo cual nos posibilita ver lo que hay detrás.

¿Y qué has visto?

He visto personas que la edad había debilitado y que se encontraban atormentadas, encarceladas por la enfermedad y que estaban extrañamente, ¿cómo diría?, como concentradas o llevadas a una vida de lo más densa, siempre a su pesar. Es decir, que no quedaba allí mas que la vida elemental, que en el fondo es la única vida: beber un vaso de agua, apretar una mano, mirarse a los ojos, escucharse, callar (a veces largos ratos), caminar… Las cosas más elementales son las que nos salvan y las que dan el auténtico valor a la vida. He visto que aquello que el mundo ya no quiere, lo que se expulsa como quien mete en una caja las cosas que ya no quiere ver más (que en este caso eran esos rostros), eso que el mundo ya no desea, me di cuenta que para mi era un tesoro.

Resultaba muy extraño visitar a mi padre en la residencia y volver después a esta vida que llamamos “cotidiana”. La vida ordinaria se quedaba descolorida al lado de lo que había visto, aunque lo que había visto era muy duro. No quiero pasar por alto la dureza, no quiero arreglar las cosas, no las quiero poner bonitas si no lo son, soy simplemente testigo de lo que he vivido.

Solemos quedarnos en este mundo concreto, formal, y vivimos de acuerdo al mismo. ¿Cómo haces para abrir esa puerta que te lleva de este mundo al que está al margen de éste?

Sí, traspaso estos mundos constantemente; y es sin duda el motivo por el que escribo. Necesito respirar y entonces voy a donde hay aire y en el mundo no lo hay: hay dinero, hay voluntades crispadas, hay una fuerza, hay espectáculo, pero no hay aire. No puedo respirar en el mundo. Pero como todos nosotros, estoy en él y he de acudir al mundo por momentos, aunque me alejo del mismo en cuanto puedo para encontrarme con el lugar del aire, con el “gran largo” que me devuelve mis ojos, mis pensamientos y mi vida. Leo mucha poesía, es algo que amo profundamente y cuando abro un libro de poemas es como cuando se va a buscar diamantes en la tierra. Me gustan muchos poetas y a cada vez que abro un libro tengo la impresión de abrir una ventana con vistas al interior (no al exterior). Mientras leo, siento que mis manos se ponen contentas de ese contacto, porque un libro no es un objeto del mundo. Hay otro mundo muy suyo que se mezcla con este otro conocido. Y seguramente se necesitan años para aprender a discernir entre estos dos mundos, aprender a distinguir entre el alimento que nos nutre y el alimento que está muerto. Pero esto se hace constantemente; no creo que haya momentos específicos para hacer esto.

Me parece que puede ser enriquecedor, que nos hables de tu experiencia concreta. En las primeras páginas de tu libro La presencia pura comparas a un árbol que hay en el patio de la residencia con tu padre, reconociendo a ambos en lo que son naturalmente: no hay un padre enfermo, sino dos seres vivos. Vemos como participas de esta experiencia, como eres un observador que entra en una aventura poco seductora y que lo hace al desnudo, libre de prejuicios, disponible.

Esta actitud no es fácil de explicar, pues no es algo que me haya exigido o que haya pensado; simplemente lo viví de este modo. Para mí fue una experiencia tan evidente que casi me sorprende que me pregunten acerca de ello. He leído, he vivido cosas, pero en el fondo sé que no tengo un conocimiento mayor que la persona que está frente a mí, sea cual sea. Así pues, cuando iba a la residencia donde se encontraban muchas personas afectadas por esta enfermedad, sabía que me podían aportar algo: tenían algo que decirme o algo que darme. Sentía esto y lo siento de cualquiera que me encuentre. La luz que hay en mí, me es dada, no viene de mí y, en general, viene en forma de rostros. Siempre he tenido una certeza que no puedo explicar: estos enfermos, contrariamente a lo que se dice, no están ausentes. Quizás son las personas menos olvidadizas, porque no olvidan la base de la vida, lo esencial. He visto a mi padre reaccionar de inmediato a cosas fuertes de orden emocional. Y llegado el momento, no había necesidad de hablar. Sentía que a veces olvidaba mi nombre, pero eso no es grave porque sabía que, en el fondo, el vínculo que tenía con él no quedaba afectado ni deteriorado por la enfermedad. El error más grave lo escuché a alguien que iba a visitar a su madre y, a menos de un metro, le decía: “No sirve de nada que venga a verla, porque de todas formas ella no está aquí”. Sin embargo, ese “ella no está aquí” apuntaba directamente a alguien que estaba plenamente aquí. Pero es difícil explicarle a una persona lo que no quiere oír. Igual que es inútil e irrisorio dar una lección de moralidad. No es interesante la moral: cada cual tiene su momento y su camino. Pero sé que este hombre se estaba equivocando considerablemente, muy violentamente de hecho. Sé que si su madre no le respondía, siempre habría podido cogerle la mano. Y aun si este contacto lo viera como algo demasiado apagado, en el aire se habría dado ese intercambio entre ambos, ese algo que antes llamábamos alma está siempre presente, hasta el final visible y puede que más allá.

Tal vez el alma es como un niño que se esconde a momentos porque tiene miedo. Y es posible que esta enfermedad sea una manera para que el alma se refugie, se esconda. Seguramente hay un elemento de angustia en esta enfermedad. Puede que según nos acerquemos a la “gran edad” y por lo tanto también a la muerte, se despierte en algunas personas una angustia demasiado fuerte, y que haga que sus propias vidas se conviertan en una sucesión de habitaciones que han desertado y se vayan a la habitación del fondo: ya no ocupan el salón, no ocupan la cocina, no ocupan el dormitorio principal y van a refugiarse a la habitación del fondo del todo. Pero nosotros podemos atravesar todas estas habitaciones vacías e ir a su encuentro. Yo estoy convencido de ello porque lo he vivido.

Por otro lado, tienes razón, nadie está enfermo, nadie es un monstruo, nadie es un asesino o un santo, nadie es esto o aquello. Entre dos personas, la humanidad se pone en juego constantemente en el instante presente. He pasado horas deliciosas al lado de mi padre porque, sencillamente, los dos estábamos vivos de la misma manera. Gustábamos de la vida de la misma manera: bastaba un cigarrillo, una mirada, un rayo de sol. Hay un discurso acerca de esta enfermedad que es muy penoso y peligroso y que consiste en poner a todas estas personas en el mismo grupo: no miramos a los individuos, nos referimos constantemente a “ellos” como un grupo: “ellos tienen esto”, “a ellos les pasa esto otro”, “ellos son así” y esto es una forma de deportación en el interior del lenguaje: les deportamos a una zona muy fría, en un plural anónimo. “Ellos” no existe. Si nos colocáramos frente a la persona, podríamos ir a su encuentro. Las miradas van muy lejos, podemos adentrarnos muy profundamente en el otro a través de la mirada. Y aun si no hay respuesta, nuestras voces también tienen algo que decir.

En cambio las palabras no son tan importantes. Estamos en una época donde la gente siente que hay un desajuste en lo psíquico, en lo espiritual y hay que ponerle remedio. Y esto también conlleva mucha charlatanería en el terreno espiritual, que es lo peor a mi parecer; es mucho más grave que traficar con dinero. Se pueden decir cosas verdaderas y volverlas falsas en el modo de decirlas, porque están dichas de manera aprendida, porque las hemos encontrado en un libro y comprendemos que pueden servirnos, pero no han pasado por uno mismo, no han atravesado todos los ríos de nuestra sangre, no han pasado por la luz clara del corazón antes de que lleguen a nuestros labios; son palabras producto de un saber hacer, que no son más que una técnica.

Me parece que el enfermo del que estamos hablando tiene una sensibilidad extrema con el modo de dirigimos a él y las palabras no cuentan tanto, porque es posible que la persona haya olvidado muchas palabras, sin embargo es el aliento, la verdad de tu ser, la implicación en tus palabras. Es este “no sé qué” que no miente cuando alguien habla. Tú puedes decidir sobre este “no sé qué”, que en el fondo sabes y sientes. Y en la residencia me he encontrado con personas a las que era imposible engañar. Se puede engañar a muchas personas en esta vida, pero no a aquellas que están al borde del abismo. Sobretodo en lo que es esencial. Y son humanos en su grado más alto, como “El hombre que camina” de Giacometti o las personas que salen de un campo de concentración. Idealmente, deberíamos inclinarnos ante ellos y no dejarlos nunca. Yo propongo nombrarlos tesoros vivientes y, sin embargo, viven olvidados en esas residencias siniestras y que funcionan todas por igual.

En un momento del libro describes de manera dura a las personas que están al cuidado de los enfermos: dices algo así como que en muchos casos no están a la altura de la circunstancias, que no están humanamente preparados para recibir a un ser humano en su fragilidad.

Vi una vez un reportaje sobre una escuela de hostelería donde se veía cómo se formaba a jóvenes para servir mesas, limpiar habitaciones, cómo ocuparse de los clientes… El cuidado que se transmitía era increíble, maravilloso: había que ir con cuidado al poner el tenedor con precisión milimétrica, que el mantel no tuviera pliegues y que la mano que llevase la comida se posara debidamente. Cada desplazamiento de los camareros era como el de los peces en el agua, con la misma elegancia. Y me pregunto por qué no se forma con este esmero de hotel de cinco estrellas a los que se ocupan de los enfermos.

A menudo los cuidadores te dicen que no disponen de más tiempo y es verdad que la dirección les aprieta y les hace ir de prisa. Pero esto es así en todos los sistemas de cuidado en Francia. En estos momentos, el dinero está pleiteando a la vida y ésta pierde, porque no se reconoce el tiempo como dedicación a alguien, un tiempo que puede ser luminoso y terapéutico. No se reconoce el silencio entre dos personas como promesa de florecimiento y tan sanador como lo es un medicamento (a veces más, incluso). Y no se reconoce, porque estamos todos sometidos a leyes que sólo se ocupan de lo que es calculable, de lo que se puede demostrar, dividir, multiplicar. Todo lo que se puede poner en números: se puede recortar una hora en minutos y en segundos. Pero si estoy enfermo y me das dos minutos, igual te reprocharán por ello más tarde, te dirán que tenías algo mejor que hacer. Pero como enfermo, sé que esos dos minutos son como si me hubieras dado dos siglos, una recuperación de inteligencia hacia la vida, una recuperación de amor, una mini resurrección. Y esto no tiene precio. Somos nosotros, colectivamente, los que estamos enfermos, mucho más que estas personas.

Entonces, ¿estas reglas del juego establecidas no permiten a la persona prestar la debida atención al enfermo y acompañarle en lo que necesite? ¿Nos mantenemos distantes?

Nos quedamos en lo técnico.

Hay una escena del libro en la que describes a esas cinco personas sentadas en sus butacas cara a la pared. Es fuerte esa visión, sin embargo la describes con neutralidad, no hay juicio sobre lo que estás observando.

A veces caigo en el juicio, en la moral, aunque no me gusta hacerlo y por dos motivos: por un lado es en vano, ya que es ineficaz, y por el otro no estoy por encima de la humanidad, no funciono a parte, así que soy tan falible como cualquiera. A menudo, la moral viene acompañada de una hipocresía. Así que no juzgar es parte del arte de escribir, es mostrar las cosas con sencillez. Si tienen que acusarse ya lo harán por si mismas, no seré yo quien lo haga. Escribiendo pones las cosas en primera línea de la hoja en blanco, después se ve.

Hay que decir que en Occidente se ha inventado algo nuevo, una mezcla muy curiosa en el cuidado del enfermo: una mezcla de perfección e indiferencia. Y esto da miedo: una indiferencia hacia la persona y al mismo tiempo algo casi perfecto en el aspecto técnico. Y esta indiferencia nos lleva a lo peor. Y es extraño porque en el fondo todos lo sabemos: cuando una madre da el pecho o el biberón a su hijo, no basta con que le dé el alimento, la madre gira su rostro hacia el niño, tiene una mirada de atención hacia él. Una madre que hiciese todos los gestos correctamente pero cuya mirada fuese fría o ausente, llevaría a su hijo al decaimiento. Si no puede estar presente de corazón, el recién nacido se dará cuenta en seguida y el alimento no le será de provecho. Y pienso que los cuidados que damos a los enfermos, hoy, son un poco de este mismo orden: la persona en sí está descuidada, dejada de lado, y en cambio se trata con esmero a la enfermedad. Pero la persona no es una enfermedad; así que mientras se trata la enfermedad, la persona va decayendo.

De hecho estamos hablando de algo muy simple que se puede dar al enfermo.

Sí, muy simple y que no requiere de ningún dinero.

Lo decías antes: mirarse, coger una mano. Algo que todos podemos hacer…

El error sería hacer una técnica de ello. El corazón no sé exactamente lo que es, pero no es una técnica. Sería horrible una metodología del corazón o del espíritu. Es un gesto que se reinventa con cada vínculo, en cada relación. Nunca es la misma cosa ni el mismo camino, porque como no te asemejas a ningún otro ser para alcanzarte has de ir por aquel camino preciso y no por otro. Y el camino será distinto para cada persona.

Hablabas de la atención y pienso que una de las grandes enfermedades de hoy es precisamente que la atención está siendo violentada con la tecnología de hoy en día y la deja dividida, fragmentada, casi pulverizada por la multiplicación de pantallas y del falso deber de tener que estar al corriente de todo. Una de las virtudes de los libros es que nos devuelven a la atención y la sanan. El libro y el silencio tienen mucho que ver.

¿Esta disponibilidad es la Presencia Pura a la que te refieres en el libro?

La presencia pura es la presencia de estas personas enfermas. A su lado, el resto de presencias parecen trucadas. La presencia pura es a la vez la del árbol, porque es una presencia incorruptible, intocable. El árbol anuda lazos con las estaciones, con la luz, con los pájaros. Todos estos lazos son claros y limpios; a veces son dolorosos porque el viento o el granizo pueden atormentarlo, pero todos estos lazos son puros y su presencia es pura en sí misma. Así también la presencia de estas personas sufrientes era mucho más pura que la de las personas que veía dentro del mundo, algunas con poder. Estas personas ya no tienen poder ninguno y al perderlo tienen algo que es mucho más bello. El zumbido del poder no es bonito, hay una falsa claridad en ello, nos puede cegar su luz, pero no es resistente. Lo humano es resistente y he visto esa humanidad hasta el punto mismo donde se ha visto atacada: atacada en su memoria, atacada en su belleza también, porque algunos rostros a veces eran terribles, aunque a la vez extraordinarios.

Has debido aprender mucho de esta experiencia.

Aprendo de todo. Aprendo mucho, aunque no lo suficiente, de mis tonterías, de mis errores. Y sí, he visto lo que es la verdadera grandeza y también he visto lo que el mundo hace de la verdadera grandeza. Supongo que hay otras culturas, tal vez en otros tiempos, que reaccionarían de manera distinta, pero nosotros hemos puesto toda nuestra vida en números. Es el reino de la cantidad que siempre es divisible, ordenable, pero no se puede guardar a alguien en una caja de cerillas. Y esta es quizá nuestra falta; la mía también. Pienso que al mundo también le damos alimento de mala calidad. Y falta en alguna parte esta pequeña dosis de cuidado y que, poco a poco, puede volverse una catástrofe general.

Este cuidado del que hablas es algo natural en ti. Eras un niño silencioso, pasabas largas horas sin hacer nada y no tienes esta premura para la acción. Pero para una persona “normal” que está inmersa en el mundo, y que sí tiene prisa y está cargada de cosas, ¿cómo podría darse esta aproximación?

No soy de dar consejos. Como decía un sabio chino, los consejos son como una linterna, pero que se lleva en la espalda. Es decir que aclara el pasado, lo que hubiéramos tenido que hacer, pero nunca lo que está por hacer en el ahora. Pero quizá le diría a la persona que se preguntase a si misma: ¿Por qué esa prisa? Y qué le hace ir tan deprisa… ¿De verdad vale la pena? ¿Es todo tan urgente? Un día me encontré con una persona muy cultivada, un filósofo (por lo cual todavía me sorprendió más su actitud) y que me hacía preguntas muy personales, fuertes. Entonces, empecé a responderle y de pronto vi que cogió su móvil para mirar si tenía mensajes mientras le estaba respondiendo. “¿Será posible?” me dije y un poco incómodo me comentó que tenía miedo que hubiera algo urgente y que quizás tenía que responder, etcétera. “¿Qué haces tú cuando algo es urgente?”, me pregunta. “Mira: voy a responder a tu pregunta así” le dije. “Para mí lo urgente es la persona que tengo frente a mí, no es lo que hay en el aparato electrónico. Tú eres lo que me parece más urgente y me parece que las cosas no se hacen así”. Ahora las personas intentan estar contigo, pero siempre acaban mirando intermitentemente al móvil. ¡Es para reír! Pero hay que evitar esto todo lo posible. No sabía que la precipitación había alcanzado a personas de espíritu también, personas acostumbradas a leer, a quedarse a solas delante una mesa o un libro.

Pero si podemos vivir la experiencia, aunque sea dolorosa, con el grado de calidad que tú le pones, sería otra historia. Afrontar la enfermedad desde tu punto de vista es estar despierto, como siendo consciente de la vida que hay allí y del enriquecimiento que uno encuentra en el saber estar de verdad junto a alguien.

Encuentro que la vida se parece mucho a un cuento. Hay que precisar que los cuentos no son siempre de color rosa, relatan cosas muy dolorosas y en ellos encontramos a menudo pruebas para atravesar y que pueden acabar en una metamorfosis: una princesa que se transforma en una pobre mujer, por ejemplo. Y la vida también llega a veces disfrazada de pobre mujer en harapos y hay que saber ver que se trata de una princesa. Hemos de comprender lo que es una princesa. Pero es muy difícil hablar de esto que llamas despertar. Los grandes acontecimientos, los que son difíciles, a veces nos llevan a encontrarnos con esta inteligencia de la vida; se ve en el rostro de las personas que viven algún acontecimiento extraordinario. Llega como una dulzura al rostro de las personas, también una inteligencia, la única que es válida en mi opinión y que no es abstracta, sino más bien una inteligencia que responde a lo que la vida nos está pidiendo; al cuidado que se está pidiendo que pongamos por nuestra parte, porque la vida es extremadamente frágil y los acontecimientos, a veces brutales, nos llevan a esta cosa. No sé si se puede despertar sin que haya un “shock”, depende de las personas.

No sé qué decir a una persona que prefiere los aparatos electrónicos a las personas cercanas. Me da pena y entiendo que, aparentemente, no les hace ser felices. He observado dos estados de ausencia diferentes: a veces cojo el tren para ir a París y veo cada vez menos personas leyendo libros en papel y más delante de una pantalla. Ambos están absorbidos por algo: el lector del libro y el lector de pantalla. Y en cambio el rostro no es el mismo; es difícil de explicar, pero no sube el mismo silencio entre uno y otro. La persona delante de la pantalla parece inaccesible, es tan difícil de alcanzar como la persona que está soñando. Habría que atravesar la espesura de su sueño para ir a buscarla. En cambio la persona que está leyendo un libro, está en un espacio que no te niega: puedes acercarte a ella y preguntarle qué está leyendo, por ejemplo; esto no se puede hacer con el que está delante de la pantalla: es impalpable, pero hay algo que está más cerrado: sé que esto es discutible y que sólo dispongo de mi sentimiento para hablar así. Es evidente que las pantallas son necesarias, pero estoy hablando de lo mismo que hablamos desde el principio y es la atención: la atención llevada a la vida más frágil.

Esta atención conlleva un ritmo, como el de ir al paso de la vida. Siento algo reposado en tus descripciones, una tranquilidad. Parece que vivas despacio, como si vivieras en una aldea retirada…

Me gusta esta imagen y es así. El principio siempre es el mismo. Se trata de poner atención en la vida, a la vida. Veo la vida un poco como un animal salvaje. A veces se acercan a la casa unos gatos salvajes a los que alimentamos con restos de comida (quizá no deberíamos hacerlo porque antes había uno, ahora ya son tres). Pero bueno, estos gatos no dejan que nos aproximemos demasiado, y si queremos acercarnos, cada paso que demos ha de hacerse con mucha precaución, muy despacio. Asustamos a la vida; algo de la vida tiene miedo de nosotros y, si somos demasiado rápidos, si somos demasiado violentos, demasiado ávidos o demasiado crispados sobre una voluntad, la vida huye, se echa para atrás. La lentitud es sólo una bonita manera de servirla, de aproximarse a ella como quien se acerca con sumo cuidado a una leona o a una mariposa, porque sino se escapan.

En tu escrito dices que nosotros no aceptamos la desgracia en nuestra vida, o lo doloroso, como puede ser una enfermedad por ejemplo. ¿Tú qué le pides a la vida?

Me gustaría que le hiciera el menor daño posible a las personas que quiero, pero sé que no es posible. No se puede proteger lo que se ama. ¿Qué le pido a la vida? Que me ayude a dibujarla mejor todavía, es decir, a escribir. Pido su ayuda para escribir, porque adoro escribir y porque es lo único que sé hacer. Y que, si quiere, me deje todavía un poco de tiempo y que me ayude a escribir de un modo cada vez más aireado, verdadero, feliz. Aunque en el fondo no sé si le pido nada a la vida, porque no depende mi, y seguramente tampoco depende de ella.

Podría hacerle una declaración de amor, pero no lo haría nunca porque conozco su pudor y sé también que los amores declarados a menudo se destruyen: la declaración los destruye. La lentitud y el pudor son necesarios en la vida y ambas son cosas que andan estropeadas en nuestros días. Hacemos como si no debiera haber nada secreto y yo diría que en secreto la flor se abre, en secreto los animales del bosque hacen sus madrigueras. Los poemas se gestan en secreto y las cosas más bellas llegan y se arman en secreto y antes de venir a nosotros. Debemos nuestra nobleza de seres vivos a las cosas ancestrales, como la lentitud, el pudor, el secreto, la atención. Intentemos no maltratarlas más si es posible.

¿Qué espera de su entorno el enfermo? ¿Cuáles son sus necesidades? ¿Cómo estar cerca de él?

Yo diría que sus necesidades son raramente satisfechas por medio de la tecnología médica, aunque es evidente que se han de hacer cosas en este sentido, en los hospitales. Pero este aspecto está ya cubierto. Hace tres años tuve que ir al hospital por problemas en la espalda y durante una semana tuve que estar inmovilizado. Me parece que todo lo que espera el enfermo es lo mismo que espera cualquier ser viviente: no espera ni más ni menos que nosotros. Es decir, que sin duda espera una mirada que se pose sobre él. Espera no ser tomado simplemente por alguien que ha quedado atrapado en una cadena de trabajo. Hay tal número de habitaciones llevadas por la misma enfermera, siempre ocupada, que el enfermo es como un objeto encima de una cinta transportadora, un poco como en la película de Chaplin “Tiempos Modernos”. Imagina a un médico por el cual desfilan los enfermos sobre ese tapiz, sus gestos serían rápidos, eficaces, aunque eso no es lo que espera la persona. Estos gestos tienen su misión, pero la persona está esperando lo imponderable, lo invisible, que podemos sencillamente llamar: un vínculo humano. Que no sea un vínculo de oficio, de salario, técnico, de saber hacer. Simplemente un vínculo. Los verdaderos vínculos nos liberan, es el resto lo que nos pone en un estado de dependencia. La indiferencia o la frialdad nos vuelven objetos y nos ponen en un estado errante. Un vínculo de pronto ensancha el cielo y nos libera. Puede ser en dos segundos, en el estallido de una mirada. No nos pide necesariamente mucho tiempo.

Tú o cualquier otra persona que haya vivido este vínculo, esta relación íntima, vive a caballo del instante, más allá del tiempo.

Ahora veo mejor la respuesta anterior. Podríamos decir a la persona del mundo, la que va con prisa, que el infinito entra por ventanas muy pequeñas y lo que es sin medida, todo el cielo estrellado, puede entrar en nosotros por un minúsculo hueco. No se necesita mucho tiempo para dar vida si se sale del tiempo. La verdad de un gesto, la verdad de una palabra, nos llevan más allá. Un más allá que es tan real como el resto, pero donde por fin se puede respirar, se puede vivir. En este más allá se encuentran los recién nacidos, los agonizantes, las flores, los animales con su mirada inocente. Una atención, por poco que sea auténtica, que no busque efectos, que no espere nada. Quizá es esto lo que espera el enfermo: que de pronto le llegue una presencia. Y si ésta es sincera, también ayudará a que nosotros estemos presentes y esto es algo inmenso. El enfermo necesita ser llevado a este otro lugar, que no es el de la imaginación, es totalmente real, pero que le lleva fuera de la cama del hospital aun quedándose en ella. Le lleva fuera de una sociedad mortífera aun quedándose en ella. Conocemos este otro lugar cuando somos niños. Los grandes poetas dibujan los contornos de esa realidad.

Quisiera acabar con la confianza. Vuelves a menudo a la confianza en la vida, en tus libros. Es algo importante para ti. ¿Qué es la confianza en la vida?

He visto a alguien sonreír mientras me acercaba a ella, una amiga de hace mucho tiempo, de quien he escrito y que murió hace 20 años. Cuando iba a su encuentro veía su sonrisa y sólo de ver esa sonrisa, aunque sólo la hubiera visto por una vez, es como si lo hubiera visto todo de esta vida y me ha dado una confianza total ante lo que pudiera acontecer. Como el resto, la confianza me ha sido dada, no es algo que llevase conmigo. Se le puede dar la confianza a alguien; se le puede llevar a confiar en sí mismo. Imagino que no hay un don mayor que éste.

¿Cómo podrías calificar esta confianza?

Te hace amar la lluvia tanto como el sol que sale después. Comprendes que no hay enemigos, que incluso quizá no haya muerte. Comprendes lo incomprensible, pero no sé cómo formular esto. Mi terreno no es el de las ideas, pero esta confianza está siempre aquí, incluso cuando la pierdo no está muy lejos de mí. Cuando la pierdo sé que está en la habitación de al lado y que, tarde o temprano, la encontraré. La confianza es la madre de todas las raíces: si la tienes darás con todo el resto, si no la tienes corres un grave peligro. Podría expresarlo de esta manera: tener confianza en la vida (que es tan dura por otra parte) es tener la intuición de que no se dañará a lo más querido y a aquello que no conseguimos ni nombrar. Hay que comprender que en lo profundo no estamos en peligro. En lo profundo de la vida, que no es el mundo, no hay nada peligroso. Este es mi sentir. Puede variar y moverse pero nunca abandona su base y se refuerza cada día. Habría que ver si seguiría hablando así si me quitaran un brazo o los dos… [se ríe a carcajadas]. Te puedo decir que creo ( y digo: creo), que seguiría hablando en estos mismos términos.

Aparecen a menudo tres palabras en tus escritos: confianza, fe y silencio. ¿La confianza y la fe significan lo mismo?

En lo profundo, sí. Confianza sería la palabra laica, pagana, para decir fe. Es la palabra más discreta para decir fe.

Antonio Blay decía que la fe es la intuición del corazón. Esta definición se ha quedado conmigo.

Me gusta mucho esta definición, sí.

La conversación ha girado en torno al cuidado de la vida, a partir de esta atención, de esta observación. ¿Qué sería la vida par ti, en pocas palabras?

Es la flor más pobre de una pradera. Es la flor que menos resplandece en ese prado. Eso es la vida. ¿Te vale esta respuesta?

Gracias.

Núm. 3 Revista Dar Lugar